Del Toro y su legado

Guadalajara es cuna de monstruos. Lo ha demostrado el realizador Guillermo del Toro en cada una de sus películas, poblada de criaturas y seres fantásticos. Su fascinación por los vampiros, los fantasmas o los hombres anfibio surge no sólo de su imaginario y su insaciable gusto por los cómics, la literatura gótica o el cine de horror, sino como contraparte a la verdadera monstruosidad del mundo: la de los humanos, la de su capacidad de lastimar y establecer regímenes autoritarios que atentan contra la libertad y la belleza de la imperfección. Sus personajes se asoman a la fantasía no como evasión sino como una manera de comprender e intervenir su realidad, de reescribir el devenir de su historia. En sus películas, aparece el reclamo ante la violencia y la posibilidad de la redención. Ante la pregunta que una periodista le formula sobre por qué en su cine se entremezcla la oscuridad y la esperanza, Del Toro responde simplemente con la proclamación: “es que soy mexicano”, y tiene completo sentido. Es que solo en nuestro país se puede soñar de esa manera.

El interés que ha recibido Del Toro en los últimos meses por el estreno de su película La forma del agua es un reconocimiento a ese estilo que oscila entre lo real y lo onírico, a la gala que hace en entrevistas y ruedas de prensa de su conocimiento y su cinefilia, y al mismo tiempo a su capacidad para establecer una historia que apela a los grandes públicos. A pesar de que en la película se muestra el contexto estadounidense de la Guerra Fría, el realizador ha insistido que su visión proviene de sus raíces mexicanas. Si Del Toro recibe hoy el Óscar a Mejor director, la culminación de una larga lista de distinciones, la entrega de la presea es celebratoria y motivo de orgullo, pero también deja la inquietud respecto a qué cambiará en la manera de hacer y ver cine en nuestra ciudad.

Habrá que recordar que su influencia ha sido constante entre la comunidad y que no se reduce a meros apoyos económicos, sino al incesante diálogo que ha mantenido con varios realizadores, así como al ejercicio de la memoria del cine de nuestra región. Sus homenajes a Rigo Mora nos hace recordar el peso que ambos tienen en la consolidación de un grupo de artistas y animadores que con sus corto y largometrajes han dado vitalidad a la producción jalisciense. Películas como Hasta los huesos, de René Castillo, Jacinta, de Karla Castañeda, Lluvia en los ojos, de Rita Basulto, Los aeronautas, de León Fernández, La delgada línea amarilla, de Celso García, y próximamente Viva el rey, de Luis Téllez, por mencionar sólo algunos, son ejemplos de un cine que responden con suma inventiva ante dificultades como el duelo o la soledad, que encuentran inspiración en la tradición de las artes plásticas jaliscienses, y que mantienen al espectador, similar a como lo hacen las películas de Del Toro, en un estado de ensoñación que se siente y tiene mucho de real.

Un Óscar para un mexicano siempre es bien recibido, pero es ante todo una invitación para reconocer las cualidades estéticas y narrativas que dio origen. Como un artista de escala internacional, Guillermo del Toro seguirá dirigiendo en Estados Unidos, en España, o en Francia, pero la fuerza de su imaginario se encuentra en lo que actualmente se filma en nuestro estado. Los monstruos han anidado y están en espera de encontrar su lugar. HH

Este texto se publicó originalmente el 4 de marzo de 2018 en la sección Opinión del periódico Mural 

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