Entre viñedos y muertos

CE QUI NOUS LIE ⎢ Cédric Klapisch, 2017 &

FRANTZ ⎢ François Ozon, 2016

Mucho se puede celebrar del recorrido que hace el Tour de Cine Francés en nuestro país, y de haberse convertido en la muestra de cine alternativo con mayor número de espectadores. Sin embargo, su programación siempre parece reflejar las limitaciones del cine francés industrial. En la selección se incluyen de manera recurrente comedias simplonas, dramas aleccionadores, pero sobre todo películas que mercadean de manera explícita a la cultura gala. No faltan cada año las que hablan de manera idealizada sobre París como capital del amor, las que describen con cierto academicismo las artes y sus tradiciones, o las que ponen en la mesa a la gastronomía francesa, con historias sobre paladares exquisitos y su búsqueda por encontrar sabores únicos y especiales.

Con las campiñas francesas como escenario, Ce qui nous lie (El viñedo que nos une, Francia, 2017), del realizador Cédric Klapisch, bien podría entrar en esa última línea. El filme es una especie de secuela espiritual de la trilogía “internacional” del realizador. Narra la historia de un hombre de edad mediana cuyo padre enferma y regresa al hogar después de viajar por diez años, y quien se cuestiona si seguir deambulando o establecerse en la tierra en que creció. La formulación de este melodrama recae en las típicas ansiedades masculinas: la de estar a la altura de las exigencias del padre, el miedo a repetir esos errores con los propios hijos, o las implicaciones de la herencia que se les avecina.

Los viñedos y los procesos de elaboración del vino se prestan a una metáfora más que obvia: la de que los mejores sabores, las decisiones más maduras, sólo pueden provenir del tiempo y del reposo. De ahí que Klapisch se decide por lo más cómodo: por las enseñanzas de vida, por la alegría impostada, y por una visión turística de la enología. Los actores interpretan a sus personajes con demasiadas poses por lo que resulta difícil asumir que sus conflictos se sientan reales. Es una ironía que una película que pregona por la libertad individual, por la capacidad de decisión y por la singularidad de los individuos emplee una narración y una forma cinematográfica de lo más convencional. El mensaje de que algunos vinos son especiales se derrumba ante la simpleza de su tratamiento.

La propuesta autoral viene de la mano de François Ozon, un invitado regular del Tour, con la película Frantz (Francia-Alemania, 2016). Similar a sus anteriores largometrajes, el realizador plantea cómo los seres humanos nos contamos historias para tolerar el peso de la realidad, y el golpe duro con que se nos regresan cuando descubrimos su naturaleza ficticia. El realizador retoma el duelo y la tristeza colectiva que arrastró la I Guerra Mundial, y lo refleja en el aséptico blanco y negro con que retrata la Alemania de posguerra, en los reclamos que los padres hacen por la muertes de sus hijos, y en el turbio nacionalismo que germinó ante la tragedia.

Más que un drama realista, la película se mantiene en el suspenso de una mujer que reconoce en un extranjero francés la oportunidad de mantener vivo el recuerdo de su prometido, un soldado alemán que falleció en la guerra. Tanto el extranjero como el soldado alemán parecen compartir la misma sensibilidad, que Ozon tiñe de tonos homoeróticos, pero que refleja más bien la tragedia de que uno viva y el otro no. La trama es una adaptación de Broken Lullaby (EUA, 1932), el filme antibélico de Ernst Lubitsch, aunque la obsesión de la mujer recuerda más bien a Vertigo (EUA, 1958), de Alfred Hitchcock, y a la persecución por seguir los rastros de un muerto. La debilidad de la película es que este entretejido entre lo romántico y lo terrorífico resulta demasiado enfático, ya sea por el contraste con el uso de color para demostrar los breves momentos de alegría de los personajes, como en las réplicas y en el juego de espejos que surgen a partir de una revelación hacia la mitad de la película.

Tanto Klapisch como Ozon gozan de amplio prestigio en nuestro país por lo accesible de sus historias y por mostrar con diligencia la dimensión humana en el cine francés. Es probable que seguiremos viendo sus películas en las próximas ediciones del Tour, y que sigan exhibiéndose como las cartas fuerte de su programación, una decisión que sería cuestionable si asumimos que sus filmes más recientes se sienten repetitivos y son de una factura mediana. Si el Tour no se aventura en reconocer nuevas tendencias y autorías, queda el riesgo de afianzar al cine francés en sus más absurdos estereotipos. HH

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