Ciudad de estrellas

LA LA LAND ⎢ Damien Chazelle, 2016

“No me gustan los musicales” parece ser la respuesta común que he escuchado ante la expectativa de La La Land (EUA, 2016), segundo largometraje del joven realizador Damien Chazelle. Dejando a un lado los gustos personales, creo que el desinterés general hacia este género es síntoma de su desgaste, de su incapacidad de adaptarse al realismo y la naturalidad que exigen las audiencias de hoy. No estoy seguro que La La Land renueve el interés por el musical, e incluso en ciertas escenas defiende su conservadurismo. Aun así me parece un filme de una soberbia ejecución, cuyo mayor mérito está en su capacidad de evocar los musicales clásicos y de contagiar por sus enérgicos ritmos.

El filme encuentra inspiración en el pastiche y en el homenaje, sobre todo de los musicales de los 50 y 60. De Singin’ in the Rain (EUA, 1952), película de Stanley Donen y Gene Kelly, comparte una trama similar: dos jóvenes, Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling), se encuentran y reencuentran, se enamoran y se reclaman, mientras aspiran a convertirse en artistas en una ciudad incapaz de valorarlos. De los musicales del francés Jacques Demy, Les parapluies de Cherbourg (Francia, 1964) y Les demoiselles de Rochefort (Francia, 1967), retoma la expresividad de los colores primarios y la melancolía resultado de la desilusión. La pieza con que cierra, en que se reconstruye sin diálogos los momentos climáticos de la historia, recuerda a la secuencia onírica con que concluye An American in Paris (EUA, 1951), obra del estadounidense Vincente Minnelli.

Son algunas referencias que señalan al musical como un género idóneo para la ensoñación, que queda implícito en el título mismo de la película. Refiere además a Los Ángeles como una ciudad de sueños, atiborrada de afiches de películas y actores clásicos, ennoblecida por la tradición artística del cine y del jazz, con el Observatorio Griffith (que se sitúa en lo alto de la ciudad) como emblema de esta búsqueda de estrellas. Los personajes parecen vivir todo el tiempo en un mundo de fantasía, en la forma en que las luces entran o desaparecen, o en la manera en que la cámara se desliza con elegancia, pero también cuando la narrativa avanza y regresa conforme a los desvaríos emocionales que viven.

Junto con Whiplash (EUA, 2014), su anterior largometraje, Chazelle parece abocado a mostrar los sacrificios que implican el éxito creativo, a señalar como excesiva la preocupación por alcanzar la perfección artística. Si en el primer filme esta obsesión resultaba violenta, en La La Land adquiere tonos agridulces. La melodía de piano que acompaña la historia de Mia y Sebastian arrastra cierta desdicha y contrasta con la supuesta felicidad que observamos en ellos. Como si el artificio del musical encubriera sus verdaderos sueños. HH

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s