La realidad a distancia

DESDE ALLÁ ⎢ Lorenzo Vigas, 2015

La primera secuencia en Desde allá (Venezuela, México, 2015), primer largometraje del venezolano Lorenzo Vigas, anticipa que estamos ante un relato sobre la sutileza con que se expresa la violencia y la corrupción en el contexto latinoamericano. Un hombre mayor llamado Armando sigue sigilosamente a un chico adolescente por las calles de Caracas hasta que le ofrece dinero para llevarlo a casa y ahí exigirle que se mantenga erguido, de espaldas, casi desnudo, mientras observa desde lejos y se masturba. Es un acto de perversión que insinúa la psicología del personaje: la frivolidad en su trato, la atosigante fijación con que observa a los demás y el despacho hacia cualquier forma de vínculo. El momento carece de erotismo y se torna estéril por la falta de contacto físico.

Esta obsesión se torna más política cuando el filme se encarga de hacer confusas las intenciones del hombre. La distancia que asume podría entenderse como una forma de evadir su latente homosexualidad, pero Armando actúa con la misma pesadumbre en otras situaciones. Comenta que nunca se ha casado, pero en su casa reposan fotografías de una boda, de una mujer vestida de novia y de una niña que mira calurosamente. Recibe por correspondencia una suma cantidad de dinero sin que se explique su procedencia. Sigue a un hombre adinerado al que refiere como su padre, pero al compartir un elevador ninguno de ellos se dirige la palabra. El que use una vestimenta idéntica todos los días habla de alguien que ha borrado todo rastro de su identidad. Su comportamiento resulta extraño, errático. Vigas acentúa su reserva evitando el contraplano en los momentos en que Armando parece a punto de acechar. Su voyeurismo está cargado de una rabia contenida, que se visualiza en el empleo de una escasa profundidad de campo, en la forma en que los personajes se sitúan fuera de foco mientras la imagen resalta los paisajes y los espacios abiertos en que se desenvuelven.

El filme también ahonda en la violencia social que se esconde en las relaciones filiales, en el corazón de los núcleos familiares, al mostrar cómo Armando mantiene una bulliciosa fijación con un adolescente y líder de una pandilla llamado Elder. Como pareja reflejan los contrastes de un mundo en plena degradación: un adulto solitario de clase media en contraposición a un joven de clase baja, de ímpetu agresivo, que se dedica a golpear y a ser golpeado. Aunque propiamente Armando no lo seduce, su insistencia por beneficiarlo, por protegerlo, desdobla la dureza con que Elder se dirige. Encuentran en común el desdén hacia sus respectivas figuras paternas, y se pronuncian sin arrepentimiento en que replicarían los porrazos que les han dado. La contestación hacia las provocaciones de Armando también son ambiguas, y delatan una dependencia socioafectiva muy alejada de la libertad o del cariño. Su desesperación por encontrar afecto en una figura paterna se confunde con un despertar sexual que es igual de infecundo. Cuando la madre lo rechaza por saberse homosexual queda explícita la orfandad en que viven miles de jóvenes latinoamericanos, encadenados a códigos patriarcales, con esta aflicción como la única herencia que podrían obtener de sus padres.

Aunque el filme logra agudeza en sus aspectos formales, al final siento que Vigas abusa del minimalismo de su estilo, del hermetismo en que se mueven sus personajes. Pensaría que la película se sostiene principalmente por la interpretación que hace el actor Alfredo Castro. Su mirada gélida y su expresión impávida resaltan en los cuantiosos primeros planos que conforman la película. Pero la hostilidad y la distancia que se respira en la película terminan contagiando al espectador, y hace inaccesible cualquier forma de empatía. La traición que comete Armando en el desenlace resulta de gran impacto, pero al hacer retrospectiva de sus motivos queda un vacío incomprensible. En lo personal, encontré más satisfacciones en filmes similares, como Pelo malo (Venezuela, 2013), de Mariana Rondón, que aborda el rechazo social y el dilema sexual en el contexto venezolano, o en 600 millas (México, 2015), de Gabriel Ripstein, y la incisión que hace de las quebradizas relaciones paternales y el retrato de la masculinidad forzada. Son relatos igual de hirientes que, a diferencia del filme de Vigas, embocan a una sensibilidad mucho más aprehensiva. HH

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