Peligroso rock

SING STREET ⎢ John Carney, 2016

Quizá lo más bonito de Sing Street (Irlanda, Gran Bretaña, 2016), octavo largometraje del músico y director John Carney, es que apela a ese sentimiento adolescente de que todo es posible si se conoce la canción correcta. El protagonista, un chico de quince años llamado Conor, es testigo de la depresión económica que se vivió en Irlanda y en la Gran Bretaña en la década de los ochenta, y que tanto se ha retratado en el cine anglosajón. Sus vivencias son muestra de cómo el contexto repercutió en las dinámicas familiares, en la configuración de los anhelos, sobre cómo cierto puritanismo convirtió a la vida misma en un frágil tormento. Por eso me parece tan enternecedor cómo el componer la letra de una canción sobre los ojos de una chica hace que su mundo cambie por completo. Cuando Conor invita a Raphina a que actúe en sus videos musicales parece abrirse a la inspiración. Es una sensibilidad romántica que se observa en varias películas de Carney, pero siento que en esta ocasión evade la pretensión y la cursilería, en parte por evocar a la adolescencia como momento esencial para cimentar esos ideales.

También cierto encanto del filme radica en mostrar cómo se inicia una educación sentimental basada en la música, en la premisa que desde distintos géneros musicales es posible ahondar en un afecto. Conor pasa tardes escuchando las enseñanzas de su hermano mayor, quien le introduce a Duran Duran, The Jam, Joy Divison, The Sex Pistols o The Cure. Goza de una promiscuidad del gusto que refleja lo indeterminado de su adolescencia, que se expresa en los cambios en la vestimenta y en las poses, pero también en los ritmos, en las palabras y en los sonidos. Pasa tardes con Eamon, su compañero de banda, quien le escucha y le ayuda a poner música a sus letras, acción que evoca inevitablemente a famosas duplas creativas, como John Lennon y Paul McCartney o Robert Plant y Jimmy Page. Bajo la influencia del New Romantic, el rock de protesta, o el uso de sintetizadores, componen canciones que reflejan los avatares de las relaciones de pareja: del deseo por establecer contacto con una chica, a la felicidad que entraña la tristeza, al desengaño y la desilusión, a la consolidación de un vínculo. Drive it Like you Stole it, Girls o A Beautiful Sea son contagiosas canciones que hacen sentir que un ficticio grupo musical puede lograr algo tan auténtico.

Esta educación sentimental se encuentra, además, inmersa en las transformaciones de la época respecto al género. Conforme avanza cada canción, Raphina se desmaquilla y admite una imagen más natural, como si la música le despojara de sus máscaras, de su supuesta imagen madura. En cambio, los chicos adoptan la estética glam de los videos musicales que ven por televisión, cargados de maquillaje, sombras y colores, y que tantean las fronteras de lo que se considera varonil. El hermano en parte se burla de eso (“si no fuera porque está la chica parecerían un grupo de maricas”) pero coincide en la necesidad de afrontar el ridículo, de extrapolar la rebeldía a la apariencia, a lo visual. Es una actitud que pone en crisis cierta masculinidad tradicional, que se enuncia en el lema de la escuela nueva a la que llega Conor, y que espera más bien un comportamiento temerario en lugar de la bufonería y la fantasía con que se expresan él y sus amigos. Carney retrata con delicadeza estos momentos de fraternidad que los chicos comparten, sobre todo en las sesiones de grabación. Resalta, por ejemplo, ese plano secuencia en que se reproduce la canción Up, al abrir y mover la cámara para hacer una transición de tiempo en el momento en que la canción alcanza sus notas más altas.

Aunque en la elección del estilo visual y sonoro de Sing Street parece asomarse una intención de nostalgia, a nivel discursivo se muestra reticente a ello y más bien exhorta a mirar hacia el futuro. “No covers”, demanda el hermano, con el fin de evitar cualquier querella de promesa no cumplida. Es un manifiesto que tiene sentido en el amor entre dos jóvenes, en un chico y una chica que sueñan con huir a un mejor lugar y que esperan, quizá inocentemente, en evitar el destino de sus padres. Pero esta invitación a dirigirse al futuro alcanza plenitud cuando se reconoce en ella los códigos y los estímulos que el artista necesita para la creación. Está en el alma del artista sustentar su ímpetu principalmente en la imaginación, en la premura, en la aventura. Carney elige la Irlanda de los ochenta para mostrar la efervescencia de un lugar y una época que logró encontrar en el arte una manera de afrontar su realidad inmediata. Una canción puede ser tan poderosa. HH

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