Orgullo y vergüenza

PRIDE ⎢ Matthew Warchus, 2014

La coyuntura en que se exhibió Pride (Inglaterra, 2014) en México no pudo haber sido mejor. A la acostumbrada celebración del orgullo que se realiza cada año, se ha sumado la valiosa idea de que detrás de los derechos de la comunidad LGBT existe la inquietud generalizada por la igualdad y el bienestar de las personas, cualquiera sea su condición u orientación sexual. En el cine más reciente ha palpitado el interés por saber de dónde provienen estas manifestaciones, con qué ideales se forjaron, y quiénes fueron los protagonistas de estos movimientos. Desde la génesis política del activista Harvey Milk en The times of Harvey Milk (Estados Unidos, 1984), a la dolorosa crónica en la lucha contra el Sida en How to survive a plague (Estados Unidos, 2012), a la urgencia reaccionaria de The normal heart (Estados Unidos, 2014), queda claro la necesidad de reelaborar la historia de los derechos sociales a partir de la visión de las minorías. Cómo se conforman estos relatos y qué repercusiones tendrían en la esfera pública es lo que está actualmente en marcha.

Pride se ubica en la conocida tradición inglesa de aderezar los conflictos sociales y políticos con música pop y un afable optimismo. La película, basada en hechos reales, narra la inusual alianza entre una asociación londinense de gays y lesbianas y una pequeña comunidad galesa que se mantiene en huelga frente a las infames medidas neoliberales de la entonces primer ministro Margaret Thatcher. En un principio ambos grupos se muestran reacios a colaborar, a señalar el desdén que sienten hacia el otro, y encuentran solidaridad sólo cuando reconocen un enemigo en común, cuando se percatan que ante el poder y la opinión pública se perciben como lo mismo. Así, la película forma un cuantioso y colorido grupo de personajes que refleja el encuentro entre lo urbano y lo rural, lo inglés y lo galés, lo femenino y lo masculino, lo moderno y lo tradicional. Lo que aprecio de esta premisa es que las relaciones que germinan entre ellos disfrutan de equilibrio. Más que ofrecer una perspectiva segregadora o benefactora, la unión que establecen resulta vigorizante y se acentúa cuando aparecen personajes que pertenecen y se identifican con ambos bandos.

La otra tradición inglesa que evoca Pride es la intersección entre temas de género y conflictos de clase. En una primera impresión me recordó a películas como The Full Monty (Inglaterra, 1997), Billy Elliot (Inglaterra, 2000), o Educating Rita (Inglaterra, 1983), en el sentido de mostrar cómo la sexualidad ha influido en los cambios sociales y políticos del país. En Pride, la aceptación hacia los gays y lesbianas proviene en gran parte de la intervención de las mujeres de la comunidad minera, y las mejores escenas se logran cuando ellas asumen el protagonismo de la película. Es en sus historias en donde se observa con más claridad lo difícil que es discernir el conservadurismo de las clases populares, encerradas en su intransigencia, aferradas a su pasado y a sus creencias. Cuando las mujeres de los mineros cantan en coro el himno Bread and Roses, un poema estadounidense de índole político, las palabras que enuncian reverberan celebración pero también arraigo. Frente a la crisis de la violencia social, queda el ímpetu de la concordia. Frente a la humillación y la vergüenza que inflige la estructura política, la película proclama el orgullo como una forma sutil de protesta y de admiración.

Quizá el problema con la película es que existe un mejor trabajo de guión que de realización. El director Matthew Warchus no logra trazar imágenes que sostengan esa extensa cantidad de personajes, y ante esa incapacidad, el ritmo y la secuencia de la narración se siente sucio, entrecortado. Una película coral requiere de mayor precisión e inventiva visual, de lograr que el conjunto, la polifonía, se defina no sólo en los diálogos sino en la puesta en cámara. También, aunque se ha planteado de manera recurrente que es una feel-good movie, una manera amable de presentar una situación incómoda, siento que la alegría que intenta contagiar es un tanto exagerada e impuesta. Aun así, la selección musical, el humor beligerante, y ese desenlace fraternal hacen de la película una experiencia sumamente gozosa. La escena final, con el palacio de Westminster de fondo, consigue armar en pocos minutos y de forma emotiva el sentido y la relevancia del filme. HH

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