Los güeros

GÜEROS ⎢ Alonso Ruizpalacios, 2014

No me parece extraño que Güeros (México, 2014), ópera prima de Alonso Ruizpalacios, inicie aclarando el término que da título a la película. Es un movimiento para contextualizar a los espectadores internacionales, pero hacia dentro me hace pensar en la complejidad cultural que hay detrás de la palabra. No es sólo una forma de referirse a la apariencia física (al color de piel o del cabello), sino que tiene una connotación profunda respecto al mestizaje y al conflicto de castas. Ser “güero” en este país supone ser una persona privilegiada, pero ser receptor de tales beneficios produce discriminación y rechazo. Es una tensión contradictoria que está arraigada en la idiosincrasia mexicana y que sucede, incluso, en el interior de las dinámicas familiares. La película se dedica a poner en escena estos claroscuros. Lo hace partiendo más de texturas que de ideas, de sombras más que de claridades. Por eso la película se siente un tanto brumosa, repleta de episodios que parecen inconexos, pero que en realidad están definidos por los problemas que ocasiona la distinción.

Hay varias dualidades en Güeros, tanto a nivel narrativo como discursivo. Por una parte, hay un intento de evocar a una generación y a un espacio muy específicos de nuestro país. El filme es un retrato sobre la juventud mexicana de la última década, bajo un escenario que emula la infame huelga estudiantil de la UNAM que se dio a finales de los noventa. Habla de los que se mantuvieron neutrales ante el conflicto estudiantil, de los que decidieron no decidir y de las consecuencias que pagaron por su abstinencia. Con su fotografía en blanco y negro, evoca la memoria de una Ciudad Universitaria sitiada por las diferencias entre radicales y moderados, y con personajes sumidos en una exorbitante confusión y paranoia. Por otra, es una road movie sobre la búsqueda de un músico olvidado, un cantante que todos aseveran fue promisorio pero del que sólo escuchamos silencio de una vieja grabación suya. Es una búsqueda que permite establecer una travesía melancólica y misteriosa alrededor de la Ciudad de México. Ruizpalacios pone énfasis en la inmensidad y disparidad de lo que supone tan emblemática ciudad. Por eso los personajes constantemente se preguntan: “¿en dónde estamos?” y la respuesta ante ese cuestionamiento sea siempre la misma.

A nivel discursivo, hay un dimorfismo que se proyecta sobre todo en las diferencias entre los hermanos protagonistas: Federico (a quien apodan el “Sombra”) y Tomás. Como uno es moreno y el otro güero, cada nuevo personaje que aparece en escena exclama con asombro que el hermano menor no es prieto, chiste que se repite a lo largo de la película y que expresa con claridad las distinciones a las que alude la película (nadie pregunta por qué el Sombra no es blanco, por ejemplo). Pero a nivel familiar ambos hermanos comparten secretamente la ausencia del padre y el destierro de su tierra nativa, situación que sólo son capaces de conciliar escuchando el viejo cassette de Epigmenio Cruz, el músico olvidado. El Sombra reacciona con ataques de pánico y esquivas graciosas ante la constante indecisión a la que se enfrenta. Vive estancado, sin luz. Tomás me resulta más agradable. Es silencioso pero observador; mucha de la frescura de la visión de la Ciudad de México se debe a su mirada, a su capacidad de atender sin juicios a las figuras citadinas que viven en los márgenes.

Ambos se enganchan ante la promesa que supone conocer al músico, y a pesar de la desilusión que les ocasiona, siento que de cierta manera terminan reafirmando sus creencias latentes. El Sombra, al aceptar que su parálisis tiene sentido, y encontrar un goce estético que es comprensible sólo para los que tienen sensibilidad de poeta. Tomás, que percibe que su destino está en otro lugar, que no soporta el estancamiento en que está sumido su hermano. Es como si los dos adquirieran una misión distinta de la misma canción. Sombra está añorando el mar, el regreso a la ciudad de origen, mientras Tomás quiere escapar de ésta; como muestra su playera, “Don’t look back”, frase que es una clara referencia a su dichoso Bob Dylan.

Como para alimentar la esquizofrenia de la película, Ruizpalacios emplea estas diferencias a una dimensión colectiva con el fin de elaborar un manifiesto sobre el cine nacional que es incisivo y cínico a la vez. En una escena, el Sombra expresa abiertamente su rechazo hacia (parafraseo) “ese cine de arte, fotografiado en blanco y negro y con el retrato del México sórdido que tanto gusta en el extranjero”, comentario que refleja obviamente a la misma película. Es una crítica dirigida a los “güeros” que hacen cine en nuestro país, pero también a los “Sombras” que gustan de emitir juicios con precocidad y resentimiento. En otra escena, un personaje secundario rompe la cuarta pared para denostar el guión de la película, para reafirmar que no le cuadra que los héroes de la película sean los rompehuelgas, los que no son parte del “nosotros”. Son escenas que reflejan esta tendencia de formar bandos, situación que Ruizpalacios la traslada a la escena cultural y artística del país. Sólo que ante el absurdo de esta situación, siento que el director (a través del conjunto de sus personajes) se muestra burlón más que sereno. Son situaciones que promueven risas nerviosas, pero el conflicto que suponen no pasa a mayor.

Por eso a veces siento que Güeros es una película huera a propósito, en el sentido más literal del término. Si bien hay un coqueteo constante de forma y estilo, las ideas que está retratando son estériles y vacías. Aunque a algunos les enganchará las múltiples referencias al cine clásico (sobre todo las referentes a la nouvelle vague) estas citas me parecen un tanto obvias, puestas ahí justamente para deslumbrar, para ver quién cae. Quizá la película se excede en su ironía, en la precocidad con que resuelve varias escenas. No ayuda, tampoco, que abunden los recursos estilísticos, sobre todo los sonoros y los musicales. En cambio, me atrapa la belleza de la fotografía, el manejo de las sombras y del fuera de foco, la melancolía de los personajes, los silencios con que se insinúan algunos diálogos, y la expresividad de los planos detalle. Hay ciertas transiciones de mucha carga humorística, que permiten el paso del tiempo de forma casi misteriosa, como el viaje de noche mientras los personajes se comen unas zanahorias, o la gota de leche que se disuelve en la taza de té, o el plano secuencia en que el Sombra y Ana recorren Ciudad Universitaria en plan romántico. Al final, queda una película que asume con libertad sus propias contradicciones. HH

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