Cristos y cruces: el evangelio fílmico

“Soy creyente”, contestó Manuel Ávila Camacho en 1940 al periodista José C. Valadés cuando éste le preguntó si era católico. Era la primera vez, al menos después de todo el revoltijo cristero, que un presidente electo aceptaba públicamente ser católico. Fue durante su mandato que la relación entre Estado y religión volvía a reanudarse. Inclusive se asegura que fue él quien alentó, en una supuesta declaración pública, a un cine más religioso. Lo cierto es que en 1942, con Ávila Camacho al frente del país, se filmó la primera película con el personaje de Jesucristo al centro: Jesús de Nazareth. Dirigida por José Díaz Morales, con el argentino Juan Cibrián en el papel principal, se trata de una película que representa a un Cristo rubio, inmaculado, que habla con acento español. No obstante, lo más interesante está al inicio del filme. Justo después del crédito que se le da a la Unión de Trabajadores de Estudios Cinematográficos de México, se entrega al espectador el testimonio del arzobispo de México Luis M. Martínez. En un plano medio fijo, el arzobispo “certifica” la película y se refiere a ella como “bellísima, irreprochable,”, con trascendencia artística y cultural pero sobre todo “apostólica”, es decir, cine que evangeliza.

Diez años después, se estrenaría quizá la película más famosa de esta especie de género crístico en México, titulada El mártir del calvario del director Miguel Morayta, con Enrique Rambal en el papel mesiánico. La tendencia era la misma. Un Cristo español y rubio. Diálogos sacados directamente de la biblia. Música coral. Iluminaciones al rostro de un Jesús de mirada compasiva. En el papel de Poncio Pilatos estaba José Baviera, español por supuesto, quien apareció también en Jesús de Nazareth interpretando este mismo papel y volvería a repetirlo en dos cintas más. El mártir del calvario pasó sin pena ni gloria por Cannes en 1954, bajo la mirada de un jurado dirigido por Jean Cocteau que premiaría a Teinosuke Kinusaga por Jigokumon (Japón, 1953).

Ambas películas mexicanas construyen la imagen de Cristo desde la fórmula renacencista, mostrando un dios que parece más un ideal de belleza masculina. El género crístico mexicano era pura catequesis. Fue hasta finales de la década de los cincuenta, con la llegada de Nazarín (México, 1959) de Buñuel que una película se atrevía a lanzar una lectura del evangelio alejada de los cánones cristianos.

Sin embargo, el cine mexicano clásico es un cine creyente, con o sin cristos en la pantalla. Un cine buenísimo, sí, pero en algunos momentos demasiado “apostólico”. Melodrama tras melodrama los temas bíblicos regresan: magdalenas, marías, mártires, hombres que cargan su cruz, pobres bienaventurados por vivir en un país chingado. Durante la semana santa, la televisión se llena de una programación crística y evangélica, clásicos norteamericanos y mexicanos por igual que culminan con The passion of the Christ (Estados Unidos, 2004) de Mel Gibson. No importa, el cine mexicano clásico es (no en su totalidad, desde luego) un cine mocho, pasado por un velo religioso. Un cine que nos repite, “soy creyente”. CA

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Este texto se publicó en la Revista Ocio el 27 de marzo del 2015, bajo el título “Cine creyente”.

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