Whiplash: cine, música y obsesión

WHIPLASH ⎢ Damien Chazelle, 2014

Me gustaría pensar sobre Whiplash más allá de premios Oscar, de BAFTA, Sundance, etc. Sobre todo porque aparece en la película una historia sencilla: un joven baterista que aspira a convertirse en un músico destacado de jazz y un profesor que a través de presión, golpes e insultos, intentará sacar lo mejor de cada uno de sus alumnos. Una narración muy común en la cinematografía estadounidense, sí.

No obstante, Whiplash se interna también en lugares fascinantes. El ambiente y estilo noir con los que se construye el filme, que pueden observarse en la presencia de la sangre como motivo visual, en las relaciones de poder y el abuso de un personaje hacia otro, en el delirante y vertiginoso uso del jazz; creo que Damien Chazelle, director del filme, ha sabido condensar un conjunto de tradiciones cinematográficas y mostrarlas al espectador con una técnica fina y depurada. Durante la historia, el profesor, interpretado de maravilla por J. K. Simmons, logra poner de manifiesto que la ejecución está por encima de la creación. Esto no es más que una voltereta de la oposición que siempre ha caracterizado al arte entre técnica/talento. Esta premisa llega incluso a condicionar al filme en su forma.

Whiplash se aleja de esa construcción convencional del genio norteamericano, donde un hombre joven con talento parece estar destinado a triunfar. La relación entre alumno y maestro, tan cercana a la historia hegeliana del amo y el esclavo, ayuda en la desarticulación del mito del genio. Para el profesor no se trata de tener talento, sino de presionar al alumno, violenta y sórdidamente, hasta que éste consiga una mejoría. Música y obsesión. El profesor impregna a Whiplash de este deseo enfermizo por interpretar bien y lo lleva al extremo; les pide tocar adecuadamente y a toda velocidad. A la par, el ritmo de la película acelera. Montaje y edición corren paralelamente con la velocidad de la música que el profesor exige. La cinta se desenfada del eje central de la música y lleva los temas hasta lo fílmico mismo. Transita desde la música hasta impactar de manera directa la pantalla. Llegando a su punto más álgido en un final angustiante y liberador a la vez. Cine y obsesión.

Creo que de esta manera, la representación de música y jazz se vuelve interesante. Lejos de mostrar ante los ojos del espectador una verosimilitud exacerbada, se deja llevar por la ficción, por la idea de contar una historia, más allá de su exacta documentación. Whiplash me hizo recordar un tweet de Ernesto Diezmartinez: “hay gente que rechazaría Abismos de Pasión [México, 1953] de Buñuel porque los dedos de Lilia Prado no coinciden con la música que toca en el piano”. Algunos dicen que lo que se ve en la pantalla no es el verdadero mundo de la música. Tienen razón. Whiplash es el cine, construido desde las premisas de la música. El cine, además de imagen, también es sonido. CA

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