Los hombres de ciencia que amaban demasiado

THE THEORY OF EVERYTHING ⎢ James Marsh, 2014    &

THE IMITATION GAME ⎢ Morten Tyldum, 2014

En rara ocasión se tiene oportunidad de ver en el cine la vida de hombres y mujeres dedicados a la actividad científica y tecnológica. Por eso me pareció curioso que de forma simultánea hubiera dos filmes que recuperaran la biografía de dos figuras notables del campo científico: la del físico teórico Stephen Hawking, en The theory of everything (Reino Unido, 2014), y del matemático Alan Turing, en The imitation game (Reino Unido, 2014). Los dos filmes, a su modo, le hacen ver al espectador los motivos por los que estos científicos son reconocidos, describen el contexto social e intelectual que atravesaron, y constatan la relevancia de sus logros conforme a las circunstancias del presente. Sin embargo, el resultado que al final presentan ambos filmes es de una factura superficial, y sus campañas publicitarias hacen notorio que su única pretensión es la de participar en la temporada de premios. Da la impresión de que en realidad están explotando la credibilidad de las figuras que las originan para atraer la atención de los espectadores y de la crítica.

A pesar del desencanto que me produjeron ambos filmes, encuentro cierto interés en las convenciones narrativas con que el cine dirigido al gran público hace respecto a la figura de los científicos. En un esfuerzo por “humanizar” a estos personajes, por forzar al espectador a que empatice con su personalidad y sus decisiones, se termina delineando un perfil que cae en lo romántico y en lo sentimentalista. Tanto Hawking como Turing se les representa como hombres de ciencia que padecen de amar y de ser amados: sumamente sensibles ante las fracturas amorosas, agobiados por superar sus adversidades (físicas, emocionales o políticas), y determinados a consumir de forma plena sus pasiones personales. Pareciera que en los biopics de los científicos y académicos es en donde las tensiones entre la emoción y la razón encuentran sus momentos ápices.

En The theory of everything (dirigida por James Marsh) apenas se dibuja las repercusiones del pensamiento científico y mediático de Hawking, para centrarse en las dificultades de su primer matrimonio. Sus primeras escenas parecen una actualización de las novelas románticas del siglo XIX, en donde los flirteos moderados y los comentarios a las costumbres sociales gobiernan la relación entre ambos personajes. La fotografía destellante con que se visualiza el filme hace parecer a la Universidad de Cambridge como un palacio de juego y aventura de las aristocracias académicas. Hacia el desarrollo de la historia, el filme explora el estoicismo de Jane Hawking, el desgaste que vivió su matrimonio, y de forma paulatina, la apertura de ambos a establecerse en una relación bígama. Algo aceptable del filme es que esta relación atípica no aparece como escandalosa sino como sensata; incluso, permite plantear a nivel metafórico el contraste entre el materialismo de Stephen Hawking y la espiritualidad de Jonathan Jones, el segundo hombre en la relación. Siento que a pesar de lo jovial de esta relación, el filme se desmorona por un trabajo impreciso de dirección, y por una exaltación de la cursilería que cae en lo complaciente y en la exaltación de las emociones. Poco hay en este filme del Hawking que se discute en las esferas culturales.

A diferencia del primer filme, en The imitation game (dirigida por Morten Tyldum) se vislumbra un esfuerzo por entender el pensamiento del matemático: explica con ciertas generalidades la noción del algoritmo, discute sobre las posibilidades de la capacidad de pensar de las máquinas, y plantea el dilema de someter a los acontecimientos sociales bajo estas lógicas. En este filme también se aborda una relación irregular, en este caso entre Alan Turing y Joan Clarke, la cual fuera prometida y compañera de trabajo del primero. Aunque comparten palabras de afecto, y ella le hace ver su interés en mantener la relación, él la ahuyenta para no involucrarla en su mundo de secretos. Al final, la relación queda reducida a un engranaje más en la invención de la máquina de Turing. Al filme se le ha acusado de ser un producto prefabricado y escaso de originalidad creativa, aseveración que comparto. Si bien las situaciones generan interés por lo inédito de los hechos, la historia parece avanzar en automático y a pasos acelerados. Estamos ante un filme sobre máquinas que parece estar hecho por una máquina: sin emoción, pero también sin comprensión de lo que está compartiendo.

Me desilusiona que el cine no encuentre la manera para explicar con precisión las pasiones de los hombres y las mujeres de ciencia. En estos filmes los asemejan a monstruos modernos, en parte por su supuesta superioridad intelectual y moral, pero también por su incapacidad de ser aprehensivos ante las más básicas condiciones humanas. Mientras Turing se vuelve recluido y paranoico por su forma diferente de ser, Hawking se convierte en una celebridad aclamada con indiferencia. Me pregunto si en esta estrategia de transfigurarlos en seres emocionales, de despojarlos de su capacidad racional, no los terminarán más bien deshumanizando. HH

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