Al borde de un ataque de nervios

RELATOS SALVAJES ⎢ Damián Szifrón, 2014

Haber asistido a una proyección de Relatos salvajes (Argentina, 2014) bien podría asemejarse a una sesión colectiva de gritoterapia. Los seis relatos que componen la película ofrecen al espectador una experiencia de desahogo más que de aprehensión, de catarsis más que de iluminación. Tales relatos nos muestran personajes que afrontan la violencia de lo cotidiano: la burocracia, la corrupción, la infidelidad, el resentimiento, o la competencia feroz, y en cada uno de ellos se contempla la venganza como respuesta. Hay algo terriblemente perverso en lo que observamos, y sin embargo, es inevitable sonreír ante la cercanía que nos produce tales suplicios. Es difícil no encontrarse en las noticias a algún nuevo Bombita que pierde los estribos por alguna causa que cualquier ciudadano se jactaría de llevar a cabo. El parecido del filme con las coyunturas latinoamericanas es comiquísimo. Sin embargo, lo hermoso del filme no radica en su decisión de dar explicaciones sino de hacernos reaccionar. O más bien, de hacernos rendir al goce que supone explotar.

Relatos salvajes es el tercer filme del realizador argentino Damián Szifrón. Conocido en su país por su trabajo en televisión, Szifrón apunta a convertirse en uno de los directores latinoamericanos con mayor presencia internacional, sobre todo después de la cálida recepción que obtuvo en el festival de Cannes. Me parece que su éxito no es fortuito y que estamos frente a un realizador habilidoso y conciso. Se agradece que apueste por la comedia, y más que lo haga de forma grácil e inteligente. Su trabajo, además, luce gracias a la colaboración de un grupo tan ambicioso como coherente, incluidos los hermanos Almodóvar, el actor Ricardo Darín, y el compositor Gustavo Santaolalla, entre otros. De su estilo resalto su pulso en el manejo de la cámara, el empleo de la profundidad de campo para caracterizar lo grotesco de sus personajes, y la sutileza con que expresa ciertas transiciones narrativas. Su tratamiento de la comedia visual y de los géneros (en particular, del crimen) es preciso y efectivo.

De su papel como guionista, aprecio la consistencia con que arma cada una de las historias y la amalgama que establece entre ellas. A diferencia de la tendencia con que los críticos han descrito al filme, no me atrevo a afirmar que haya un relato que sea mejor que otro, ni que alguno de ellos pueda funcionar con autonomía del resto. Tampoco me parece que la película sea una mera compilación de historias cortas. Más bien, presiento que la forma en que Szifrón acomoda su antología está más cerca del formato televisivo que del terreno del cortometraje. Que la duración de cada episodio vaya extendiéndose conforme avance el filme, me hace sentir que existe algún tipo de continuidad entre ellos, que hay una premisa que va sedimentándose en el abrir y cerrar de cada relato. No dejo de pensar que Relatos salvajes es un filme de ecos, de conflictos individuales que escalan de la seriedad a lo ridículo, y que la película en su totalidad puede percibirse como tal.

Así, el primer relato (Pasternak) planta la semilla que se irá esparciendo a lo largo del filme: la del resentimiento y la venganza, pero también de lo estrafalario de los métodos. El segundo relato (Las ratas) transmite ese espíritu a una situación de índole social: esboza el asesinato de un adefesio de la sociedad, pero el relato se interrumpe cuando los límites entre lo correcto y lo incorrecto se derrumban, y cuando los agresores no advierten las consecuencias de su acto. El tercer relato (El más fuerte) supone un espejo sobre el conflicto entre clases sociales pero lo lleva a un nivel físico, casi caricaturesco, en la competencia entre dos hombres que relucen la testosterona en lugar del sentido común. El cuarto relato (Bombita) añade la condición demagógica de esa violencia, y visualiza la repercusión mediática que puede tener. El quinto relato (La propuesta) pone en perspectiva los intentos de solventar la violencia, pero la negociación se quiebra porque la conciliación es igual de rasposa. Finalmente, el sexto y último relato (Hasta que la muerte nos separe) funciona como síntesis del filme, como celebración de la histeria y del absurdo, como un casamiento del ser humano con lo violento de su espíritu. Lo salvaje, me parece, está en no poder deshacernos de ese ímpetu. HH

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