Club Eimbcke

CLUB SÁNDWICH ⎢ Fernando Eimbcke, 2013

Tengo sentimientos encontrados hacia Club Sándwich (México, 2013), la nueva película de Fernando Eimbcke. Aprecio la delicadeza de su humor, la descripción que hace del despertar sexual en la adolescencia, la calma minuciosa en el escenario, y la precisión en el registro de cada escena. Su nuevo filme es prueba de que uno de los autores más destacados de nuestro país ha encontrado una madurez encomiable. Al mismo tiempo, siento que el realizador está atorado en su estilo minimalista, que no ha variado la broma que viene haciendo de varios años, que no ha sabido cómo llenar los silencios de sus protagonistas. Sus películas me provocan una experiencia semejante a los juegos infantiles que llevan a cabo sus personajes: a veces me parecen simpáticas, a veces anodinas. Sin embargo, Eimbcke nunca deja indiferente y compensa con creces al espectador si éste es paciente, si observa con atención, si anticipa la dirección del aparente sopor con que están hechos sus relatos. Más que un salto estilístico, el nuevo filme de Eimbcke es un refinamiento de lo que ha alcanzado en su filmografía.

En Club Sándwich conocemos la historia de una madre y su hijo adolescente en el transcurso de sus vacaciones en un resort veraniego. Si bien al principio la relación es de complicidad y camaradería, más adelante se vuelve frágil e incómoda a partir de que el joven empieza a desplazar su interés hacia una muchacha de su edad. La progresiva desesperación de la madre que contempla cómo su hijo se desapega de ella resulta tragicómico, en parte por la plausible interpretación de la actriz María Renée Prudencio, pero también porque abona al estereotipo de la madre obsesiva que actúa de forma precipitada. El relato parece encantador y didáctico, reafirma la necesidad de que los padres respondan con naturalidad al paso de los hijos hacia la adolescencia, y en ningún momento deja reposar su amabilidad frente al espectador. Habrá quien encuentre en el filme un respiro a la sordidez con que se caracteriza el cine mexicano, y habrá a quien le parezca un tanto vergonzosa por la sutileza con que están expresadas diversas insinuaciones sexuales.

En lo personal encuentro el filme sumamente doloroso porque detrás de la anécdota sencilla y del cuento moral se muestra el agotamiento que ocasiona la incomunicación y la falta de franqueza en las relaciones entre padres e hijos. Todo el tiempo los personajes dicen, mas dan a entender que no lo hacen, y al deslindarse de lo que emiten aseguran el sí decir. La escena en que madre e hijo juegan a descifrar palabras debajo del agua me parece representativa de este juego comunicativo, pues aunque la dinámica es lúdica y curiosa también se vuelve problemática porque de ellos sólo se escuchan versiones distorsionadas de sus palabras. Él le dice a ella “pedorra” y ella a él “amargado”; se ríen, y siguen con el juego, pero la incisión está hecha y repercute a lo largo de la narración. Es al espectador a quien le corresponde traducir los guiños, las indirectas y los comentarios a pie que hacen los personajes y que alimentan la sensación de estar en un terreno quebradizo. Hacia el final, cuando uno de los personajes muestra de forma directa y abierta sus deseos, se tiene que retractar porque para entonces la relación está tan debilitada que sólo queda el silencio incómodo y las promesas retraídas.

Aunque Eimbcke maneja este desgaste con cierta ternura y comprensión, no deja de ser pesimista en lo que observa. De ahí que me parezca difícil describir a la nueva entrega del realizador mexicano como placentera. En uno de los planos del filme, por ejemplo, resalta la forma en que un ventilador está colocado en el centro de la imagen, en parte porque hace de un objeto cotidiano un elemento imprescindible para marcar el ritmo de la escena y de la narración, porque le otorga un contraste cómico a las siluetas regordetas de los adolescentes, pero también porque delata la reacción atónita y sigilosa con que intentan explorar su proximidad. Eimbcke se entretiene filmando estos momentos embarazosos con habilidad y detalle, y el espectador se puede enganchar a ellos porque retrata con picardía la debilidad humana ante el dilema romántico. Club Sándwich es, pues, un platillo cinematográfico de forma y presentación impecable pero de sabor agridulce. HH

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