Los enredos del poder

IN THE LOOP ⎢ Armando Iannucci, 2009

En una charla radiofónica un comentarista le pregunta a un ministro del parlamento inglés su opinión sobre la posible intervención militar de Estados Unidos en el Medio Oriente. El ministro suelta una bomba: “la guerra es imprevisible”, lo que puede significar que el país debe tomar precauciones al respecto. Es posible que no sea su convicción personal, pero asumo que lo confuso de su respuesta puede atribuirse como una reacción lenta frente a lo “imprevisible” de la pregunta; no es descartable que en un escenario mediático en donde la comunicación gubernamental es controlada de forma sigilosa, los actores políticos busquen escabullirse del discurso oficial para aparentar espontaneidad y sentido común, aunque sus posturas terminen siendo inválidas y sus comentarios contraproducentes. La declaración del ministro se agrava cuando su opinión se convierte en bandera de discusión, y cuando el debate se transforma en acción política: la desafortunada frase pasa de ser una mala improvisación a una declaración de guerra. Este caso de desastre político bien podría ser meritorio de un reportaje periodístico, aunque en realidad es el argumento de la película In the loop (GB, 2009), hasta ahora única realización en cine del inglés Armando Iannucci.

Iannucci es creador y guionista de la serie inglesa de televisión The Thick of it (2005-2012), y de la serie estadounidense Veep (2012-), ambas reconocidas por mostrar, desde un retrato sarcástico y agudo, el caos que se vive en el interior de las oficinas de gobierno. In the loop es un spin-off de la primera serie, en cuanto a que repite temática y estilo, y a que pertenece al mismo universo ficticio. En ambas obras coincide el personaje de Malcolm Tucker (interpretado por el magnífico Peter Capaldi), un malhablado director de comunicación que se distingue por amenazar y humillar a sus subordinados de forma tan cruel que resulta exageradamente gracioso. Parte de la simpatía de Malcolm es que después del derroche de groserías, insultos, frases altisonantes y sobrenombres absurdos que le pone a sus empleados (mi favorito: fetus boy), los personajes en escena se mantienen en silencio por unos segundos, como entre sorpresa y fastidio, lo que genera un efecto cómico que bajo otras circunstancias podría ser molesto. Lo curioso del personaje, además, es que su lenguaje soez es contrastante con los propósitos de su cargo; pareciera demostrar que el silencio y la neutralidad por los que deberían regirse las figuras políticas sólo se consigue bajo el estruendoso grito de la intimidación.

Si bien Malcolm es el personaje más extravagante del filme, los demás no se quedan atrás. Lo que los define es que son sumamente antipáticos: o sus comportamientos son agresivos, o son incompetentes, interesados, calumniadores, o impasibles. In the loop no esconde que el retrato de sus personajes proviene de la caricatura política (en varias escenas se remite a este género periodístico), en el sentido de exhibir a la clase política como mezquina, pero también como una forma de denuncia a las figuras reales que representan. La principal burla reside en el personaje de Simon Foster, el ministro de la declaración infortunada, y en parte parodia del antiguo primer ministro Tony Blair. Dubitativo para tomar decisiones, y poco certero en las palabras que enuncia, Foster es el arquetipo del político que está más preocupado por dar a entender que está listo para adoptar una postura, que por llevarla a cabo. Cuando se presenta en la Casa Blanca sabe que debe intervenir pero termina merodeando sin rumbo, preguntándose qué es lo correcto, mientras el caos reina alrededor de él. La penosa situación en que concluye el personaje es justificable: se explica como el castigo que la sociedad inglesa quisiera ejercer a su clase política por la pasividad con que afrontó sus relaciones con Estados Unidos durante el conflicto.

Esta docilidad del carácter del protagónico está en resonancia con lo maleable que son las decisiones políticas. La película da a entender que la política se practica no con los argumentos de las discusiones formales, sino en el cuchicheo que ocurre en los pasillos, en los baños, en los cuartos de descanso, y en las llamadas telefónicas privadas. La política implica “estar enterado” (in the loop), pero los métodos para hacerlo son confusos e irrisorios. Ver a Malcolm Tucker corriendo por todo Washington para encontrar el salón en que se llevará a cabo el comité de guerra es hilarante. Pero la crítica más aguda de In the loop está en señalar lo siniestro que es el juego político cuando trata de solventar estos enredos de comunicación que se dan en la informalidad. Si los esfuerzos más notables para hacer lo correcto son endebles a cualquier re-interpretación, no queda más que afrontar con cierta amargura lo fluctuante que es el discurso político. En este sentido Simon Foster tenía razón: la guerra, como la política, es imprevisible. HH

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